Las gotas de lluvia empiezan a descender. Arriba entre las capas más altas de la selva, enormes árboles pelean por un poco de espacio.

Alzo la mirada y mi vista recibe una gran dosis de vegetación desbordándose: los verdes varían de tonalidad, los troncos de los árboles, cada uno más imponente que el otro y las hojas de todos los colores y formas, funcionan como techos, amortiguando la caída de la lluvia.

Es el amanecer y desde aquel sendero en el que estoy, me siento en medio de una orquesta musical que poco a poco inicia su repertorio.

Mientras nos abrimos paso por este sendero, por el cual ambulamos como exploradores que se dejan ir motivados por lo que habrá después, cruzamos al estilo malabarista por un tronco caído.

Un apoyo, un par de pasos, y hemos cruzado.

El ambiente es tan húmedo, que se puede sentir como se condensa.

La piel puede experimentarlo, se siente pegajosa.

Y ¿a qué huele?

Difícil de descifrarlo, para mí a troncos húmedos, a tierra, a hojas podridas y a veces a alguna flor que da un toque sutileza coqueta a la selva.

Porque es claro, que también tiene sus lados presumidos.

Del otro lado la selva, visualmente, parece y se oye igual.

Sin embargo, las horas han pasado y todo empieza a despertar, y entonces escucho los nuevos integrantes de la melodía: las aves.

Aunque no las logro ver, es muy claro oírlas, están justo arriba de mí, entre las ramas de estos gigantes, emitiendo sonidos tal cual los violines al rechinar, golpean el eco como tambores y añaden jazz como si fueran flautistas.

Es la orquesta del lugar.

Si los sentidos se necesitan despertar, este es el sitio.

Sigo caminando y el sol empieza a penetrar por algunos orificios, dejando claros en el camino del sendero, las gotas de sudor liberan gratitud.

Aquí adentro soy una novata que no conoce de la vida.

A punto de terminar el recorrido, el repertorio de melodías se vuelve densa y compleja, una familia de monos titis llegan y saltan de rama en rama.

Pero las visitas no terminan aquí, las ramas guardan a otro integrante mudo y de aspecto desconocido, que nos observa con curiosidad: ¡un Kikanju!