A lo lejos desde mi terraza observo, entre medio de dos largas palmeras, el cielo típico de una costa, o mejor dicho el mar. El viento se agita y una carpa con letras rojas que dicen: H.R. (honorable), rompe el paisaje. Es el epicentro de la celebración personal del H.R. que celebra su onomástico: globos, manteles de colores y una gran fiesta en honor a él. Su reino le permite utilizar cualquier recurso para su uso personal.

Estoy en la hamaca.

Me balanceo suavemente, he dejado de ver el episodio del festejo y tengo otra visión: El gran gato blanco de los vecinos, que atraviesa, lentamente y de forma sigilosa, el patio, sus pasos son pasibles, sin apuro, nada lo inmuta. Es blanco pero se ve gris y contrasta con el verde del pasto, que con la lluvia sube su dosis de color.

Afuera, lejos de la algarabía del cumpleaños, el ambiente se siente vacío, apagado, como si el viento se hubiera colado por un agujero y con este, la melodía de los árboles, aves y, sobre todo, el mar. Me hace falta.

Es un mutismo al que no me acostumbro.

Mientras tanto, la hamaca continúa su movimiento; una hormiga negra camina por mi muslo, y dos perros adolescentes llegaron a hacerme compañía; el gato llegó al punto “b” y lo veo tirado y relajado, disfrutando del placer de hacer nada y de ese ensoñamiento, del cual yo también soy parte.

Me dispongo a cambiar la mirada. Entonces giro la cabeza hacia la derecha y miro hacia el techo, seguidamente e involuntariamente mis párpados se cierran, me desvanezco en el hipnotismo del ir y venir de la hamaca y tomo un ligero impulso para continuar “auto adormeciéndome”, mientras que simultáneamente, regresa otra vez la brisa; al estar en contacto con mi piel se siente como una caricia. Es un momento apoteótico, de esos de los cuales no quieres acabar… hasta que, una corriente de pensamientos pasan e interrumpen, y entonces, otra vez escucho: esta vez, una cigarra a lo lejos, un ave trina y otras se comunican.

La sonoridad de la naturaleza se combina con el eco del pueblo que están en plena celebración, como un buen ritual de fin de semana. Afinando mi oído, distingo que es el boom boom de la música costeña.

Estoy sumergida pero sube la temperatura, el techo de zinc rechina por el sol, presiento que es el momento de moverse en busca de algo más. Sin embargo sucede que hay una pequeña lucha interna entre las ganas de irme y las de quedarme aquí en modo trance.

Es mi momento de ensoñamiento, pero el sonido de los platos y cucharas presionan más.

Son las 12: 30 y según el horario, hay que almorzar.