Los vientos del norte en esta época del año se adueñan de todo lo que va a su paso; su fuerza es tal que sacude los árboles a tal punto, que hace pensar que se doblarán o quedarán en el suelo.

Entre los vientos y el panorama, otro árbol, a punto de desmoronarse, sigue sujeto por una planta enredadera, de esas que poco a poco van estrangulando hasta adueñarse de su cuerpo. Sus ramas son gruesas, lo suficientemente, para envolver el tronco y aprisionarlo hasta succionarlo. Imaginé que era una especie de calamar gigante tal cual muestran las películas sobre monstruos marino, pero este es vegetal.

Tenemos las horas contadas para encontrar un lugar en el río para nuestra tienda.
Pero antes, un baño en el río, que a esta hora de la tarde se torna cálido, lo suficiente para compensar el cuerpo tembloroso al estar en contacto con la ventisca.

Un par de minutos más y cae la noche, con ella se apaga todo rastro de vida diurna, solo quedamos nosotros tres, y un perro que al otro lado del río percibía la visita de personas extrañas en el río.

A lo lejos se escucha el eco de una cantina con su jolgorio de carnaval.

En este instante pensamos que nuestra acampada no iba a ser al estilo “perdidos en la selva”, de manera constructiva, sin embargo, a nuestro alrededor no había nada -ya que raramente las personas del pueblo van de noche al río, pues existe el miedo a las culebras y otros bichos-. Yo esperaba escuchar los coyotes pues dos noches atrás los había oír aullar junto a los monos desde la habitación del surf camp donde nos quedamos.

Una fogata fue parte de la primera fase del camping, y es que el fuego calienta y anima, además el proceso de construir la fogata: encontrar las ramas, colocarlas, y después encender, tiene algo especial, quizás el espíritu cooperativo, o el acto de “encontrar los ingredientes para el fuego”, o tal vez nuestros planetas regentes y nuestro elemento… (bueno,  aquí me deje llevar por la imaginación –escritura creativa).  Sin embargo, lo que es cierto, es que existe un placer escondido en las fogatas y no es la piromanía.

La llegada de la “señora noche”, se vive en su máximo y se celebra de distintas maneras, pero aquí, las primeras en reaccionar son las arañas que salen de sus cuevas.
Para algunos suena a terror, pero la escena era parecida a la que se tiene al observar luciérnagas: diminutos puntos de luces esparcidas a nuestro alrededor.
Mientras que del otro extremo, el cielo, un manto de estrellas, bellísimo y reconfortante nos da las buenas noches. Poco sé de astronomía, pero en aquel momento me hizo pensar en cómo hace siglos atrás las estrellas y sus  constelaciones eran la guía para viajeros, las cosechas y creencias.

Mirada nocturna al cielo

Ya adentro de la tienda, que era para dos, pero logramos entrar los tres, dos lámparas permitieron que pudiésemos jugar un juego de mesa para finalmente responder al llamado a dormir.

Pero antes, siento curiosidad en imaginar cómo era la vida antes aquí en Guanico, lugar en dónde creció mi papá, cuando no había nada más que la libertad de crecer entre río y mar, montañas y campo, comiendo lo que se podía, jugando entre árboles y fabricando sus propios juguetes.

Me siento afortunada.

A la mañana siguiente un pájaro carpintero de cresta roja carmesí, picoteaba una rama,  y una ardilla de color negro, nunca había visto ardillas negras, recorría las ramas del árbol que estaba cerca de nosotros. Todo estaba empezando otra vez, y nosotros debíamos continuar con el viaje.

PS: Más fotos de Guanico a través de mi Instragram