Calovébora es un destino recóndito, un tanto salvaje, inimaginable, exuberante, alegre, contrastante, sabroso, paradójico y podría seguir agregando más a su descripción.

Pero para términos de referencia geográfica, se encuentra dentro de la Comarca indígena Ngäbe-Buglé de Panamá, en el Golfo de los Mosquitos. Para llegar se debe caminar seis horas por senderos boscosos a través de la Cordillera Central o sierra de Tabasará, para así llegar al norte, en dónde después de navegar dos horas más en piragua, se arriba a la desembocadura del río, y, por lo tanto, aparece el pueblo de Calovébora. En lengua indígena Bugle, se le conoce como «Bebleicha».

Una colina con mirada al mar es el hogar de los calovereños,  casas de madera pintadas con formas geométricas, por puro gusto propio de sus moradores, me decían ellos, comparten el suelo con las palmeras; pareciesen que fuesen construidas pensando en los elementos de este lugar, que considero paradisíaco desde otra óptica: un mar revuelto de color chocolate, de olas fuertes que golpean y dejan en la orilla troncos de árboles macizos,  y también, converge un torrente río. Viento, y mucha lluvia…, aquí no existe la temporada seca.

Es el Caribe, pero uno feroz, lejos de parecerse al de una postal de turismo. Aun así, sus habitantes han sabido cohabitar con el clima y sus efectos.

Para los calovereños el turismo es una palabra conocida, pero que no se repite muy a menudo. Debido a su remoto acceso (que va a cambiar para en los próximos años ya que el gobierno aprobó la construcción de una carretera). No es frecuente la visita de turistas y quienes en su mayoría han llegado son europeos que buscan aventura.

Cheo y su hija compartiendo el final del día en Calovébora.

Aquí el ritmo de vida es otro:

Miré el reloj y sentía las horas cautivantemente eternas «la jornada inicia desde que sale el sol, si es que el clima lo permite, asimismo termina con el atardecer», mientras tanto el vaivén del rugido del mar y los cocoteros envuelven la hamaca y, entonces, medito sobre ¿quién es el que realmente está alejado de todo? ¿La modernidad que construimos nos engañó, alejó y desconectó nuestros sentidos?

Continúo…

Mariela es quien administra la posada de Calovébora, un caserón viejo de dos pisos con vista al mar y rodeado de palmeras, su esposo (Cheo) toma moringa para bajar el colesterol, -y decía (entre risas)- que también, «para aumentar otras cosas…». Tienen dos hijos, uno estudia para ser maestro y el pequeño se llama Messi. El fiel compañero de la familia se llama Desprecio, así le pusieron porque nadie lo quería, pero de desprecio no tiene nada, decía Mariela que: «ese perro sí es bueno porque un día se fue detrás de unos turistas holandeses y después de dos días regresó».

La casa de Mariela queda en el centro del poblado, cerca del único teléfono público y de la escuela, es también el lugar de reunión de los vecinos que pasan a tomar el café, chismear, hablar de lotería, novelas, política y otras dificultades que tienen, entre estas la falta de maestros en la escuela. Mariela es quien maneja todo, y a pesar de no tener un itinerario turístico latente se encuentra organizada -a su estilo- para los visitantes foráneos.

A Mariela le encanta la cocina y en Calovébora el aceite de coco es el rey, pues lo usan para todo, y también es una fuente de ingreso para las mujeres; entonces los desayunos de Mariela –la anfitriona– incluyen: huevos fritos en aceite de coco, hojaldre frita en aceite de coco, ñampí hervido y café. Y como punto adicional, pan de coco.

También otro atractivo que ofrece a los pocos turistas «raros» que llegan hasta aquel lugar perdido de la ruta turística de Panamá, y que si caen en gracia, podrán ver cómo se hace el pan de coco al modo Calovébora, o «Cocovébora», como le llamé yo.

Después del desayuno en casa de Mariela, se escuchan los preparativos para la faena del día, en este caso de los hombres, que puede incluir: pesca, cría de puercos, ganado o cazar. La siembra es básica, cultivan tubérculos, muy pocas frutas y vegetales ya que dicen que, «el viento del mar daña todo». O también, navegar río arriba para llevar alimentos o hacer cualquier mandado.

Son hombres fuertes que crecieron entre el río y el mar, conviviendo entre sus aguas, riquezas y peligros.

Pan de coco hecho artesanalmente.
El momento del pan de coco en la casa de Mariela.

Al caer la tarde hay partido de voleibol. Los hombres bajan de la colina y se dirigen al campo de juego que está justo al lado del mar, en aquel momento sus miradas apretadas y rudas se relajan y, te das de cuenta, que el tono de voz de algunos no acompañan las expresiones de rudeza.

Es un pueblo que todavía mantiene una vida sana y colectiva a pesar de estar en la costa, a diferencia de otros sitios costeros en Panamá que tienen una cultura de festejo de lunes a lunes.

A las 8:30 de la noche se apaga la luz y termina la faena. Mientras tanto, nosotros, los foraneos, nos quedamos entre las hamacas y en conversaciones, calmando el frenesí del ritmo que se lleva de la ciudad y adaptándonos al de Calovébora hasta quedar en un absoluto silencio, que sólo se interrumpe por el mar y el viento -y quizás algún insecto volador-, esperando que llegue el próximo día y tal vez un poco de sol para combatir tanta humedad.

Guía práctica para llegar

Para llegar a Calovebora se necesita viajar hasta Santa Fé de Veraguas. El bus se puede tomar en la estación de Albrook Mall, o bien ir en automóvil.

El viaje debe ser organizado. Preferiblemente dormir en Santa Fé una noche y salir al día siguiente. Se puede preguntar por los guías: la señora Anayansi.

El recorrido

  • Elegir un taxi desde Santa Fé y decirle que se va hasta el  pueblo de ortiga; el trayecto puede costar de 10 a 20 dolares.
  • Lo siguiente: preguntar en el pueblo de Ortiga si alguien puede alquilar un caballo, puede costar: $15 a $20.
  • En adelante se caminará  hasta Rio Luis: 4 horas, si el camino es seco. Si hay mucha lluvia, lo cual es lo normal en el área: 6 horas. ** ACTUALIZADO: Ahora hay taxis y busitos que pueden llegar. **
  • Al llegar a Río Luis (es preferible llegar temprano o dormir una noche para organizar  y conseguir el cayuco). Río Luis es el último pueblo con carretera, se puede seguir caminando, pero es mejor ir en el cayuco, el viaje es hermoso.
    •  El costo puede variar, dependerá de la cantidad de personas. Es mejor si hay un grupo grande. No hay una tarifa fija, conviene negociar.
    • En Rio Luis, no hay un hospedaje de momento, pero se puede preguntar para encontrar un lugar  para poner la tienda o hamaca.
    • De Río Luis a Calovébora son dos horas aproximadamente… Como suele pasar en estos lugares, no hay reglas, todo puede jirar en torno al estado del tiempo.

Recomendaciones

  • Llevar ropa cómoda, zapatillas a prueba de lodo, o botas de caucho.
  • Cuando digo ropa cómoda: es a prueba de lluvia, debe ser de material ligero para que no sea pesada al caminar.
  • No está de más llevar algún repelente de insectos.
  • Llevar alimentos energéticos para el camino. En Calovébora se come bien, pero en el camino no hay muchas opciones para conseguir comida.
  • ¡Ser amable y gentil!
  • No tirar basura.