El encanto de vivir cerca del mar, es uno de los sueños más recurrentes: ha atraído a personas de todas partes del mundo, los ha llevado a embarcarse en la aventura de viajar en velero, van de costa en costa, viviendo de acuerdo a lo que el mar y factores atmosféricos dicten.

Esta escena recurrente, solo cambia el escenario; se reemplazan los largos inviernos por las tormentas tropicales; la seguridad de una vida, por las experiencias a bordo; se aprende a jugar con el viento, se experimenta la libertad. “Son gente de mar” y con ellos me encontré a bordo de “C’est La Vie“, un velero de color azul, hermoso, que ha navegado todo el Pacífico llegando a islas exóticas como Vanuatu, Tonga, Fiji,  Samoa, entre otras. Pero que también, cruza por el Canal, y viaja por el Caribe.

Aquí me encontraba junto a un grupo de amigos, navegando desde Ciudad de Panamá hacia el Archipiélago de las Perlas.

Salimos al caer la noche, poco a poco el barco se deslizaba, se escuchaba como las olas se abrían ante su paso, nos adentrabamos a una oscuridad, tal cual una escena de piratas del Caribe pero en el Pacífico panameño.

La brisa era fresca y a lo lejos las nubes alumbraban una tormenta.

El capitán nos presentó al segundo a bordo, Eric: un “todólogo”: cocina, baila, se ríe, navega, y, continúo con las instrucciones del viaje, cómo se debe caminar a bordo, qué hacer en caso de emergencia, de donde agarrarse, etcétera.   

Después mencionó que estar en un velero es lo más parecido a una nave espacial, por todos los aparatos electrónicos que lleva, y a mí me hizo imaginar tal cual, un velero espacial que surca los mares.

Estábamos en modo felicidad, cada quien eligió su camarote y subimos a proa. Momentos después nos encontrábamos, Alfa, su hija (Ari) y yo, tumbadas por las náuseas. 🤢

-Aquí el encanto tocó fondo-

AL DIA SIGUIENTE:

Sol y un mar de colores degradados entre azul y verde,  me hicieron olvidar mi primera noche como navegante. 

Estábamos en el Archipiélago de las Perlas en temporada de ballenas jorobadas, y no tardaron en aparecer.

Poder verlas, saltar, aletear sin parar, expulsar aire como géiseres, era de lo más increíble que he vivido.

De regreso a bordo de, “C’est la vie”, observamos también: delfines, vimos a una raya saltar, un dorado perseguir peces voladores, y dos tortugas. ¡¿Qué más se puede pedir a la vida?!

CONCLUYO diciendo que: “Siempre he querido saber sobre lo que motiva a otras personas a aventurarse por lo mares, y a pesar de haber tenido solamente dos noches de viaje a borde del velero, concluyo (por este momento), en que la sensación de libertad, el poder decidir, jugar con el viento, el color azul de mar, la espuma blanca de las olas, no tener el control y las sorpresas de la naturaleza, son parte de ese placer que se te pega a la piel, te bombea el cerebro y te hace sonreir hasta soñando.